Keikismo
vs. Anti-keikismo: la batalla que devoró a los candidatos
En
teoría, las elecciones sirven para elegir entre proyectos de país.
En
la práctica, algunas elecciones terminan convertidas en otra cosa: un
referéndum emocional, un ajuste de cuentas histórico o una batalla simbólica
donde los candidatos dejan de ser protagonistas para transformarse en simples
vehículos de una disputa mayor.
La
segunda vuelta presidencial peruana de 2026 parece encajar perfectamente en
esta descripción.
Porque,
observándola con detenimiento, la pregunta central ya no parece ser quién es
mejor candidato. Tampoco quién presentó mejores propuestas. Ni siquiera quién
tuvo el mejor desempeño en el debate.
La
verdadera pregunta es otra:
¿Es
el keikismo más fuerte que el anti-keikismo?
Y
esa sola pregunta explica buena parte de la historia política peruana de los
últimos quince años.
La paradoja de Keiko
Pocas figuras políticas en el Perú
han sido tan exitosas y tan derrotadas al mismo tiempo.
Llegar una vez a una segunda vuelta
presidencial puede ser una casualidad.
Llegar dos veces demuestra capacidad
política.
Llegar tres veces confirma una
maquinaria electoral poderosa.
Llegar cuatro veces es una
demostración de resistencia extraordinaria.
Sin embargo, existe una paradoja
brutal.
Mientras más veces logró acercarse al
poder, más evidente se hizo la existencia de una barrera que nunca consiguió
derribar.
Una frontera invisible.
Un techo.
Un muro electoral.
El anti-keikismo.
El adversario que nunca estuvo al
frente
Durante años se
cometió un error de análisis.
Se creyó que los
rivales de Keiko Fujimori eran los candidatos que aparecían en la otra casilla
de la cédula electoral.
No era cierto.
Su verdadero
adversario nunca fue Pedro Pablo Kuczynski.
Nunca fue Pedro
Castillo.
Nunca fue Ollanta
Humala.
Nunca fue Roberto
Sánchez.
El verdadero
adversario siempre fue el mismo.
El anti-keikismo.
Los candidatos
cambiaban.
El fenómeno
permanecía.
Como una sombra
que aparecía elección tras elección.
La coalición negativa
En condiciones normales, los
partidos políticos construyen alianzas alrededor de ideas compartidas.
Pero el Perú no es precisamente un
laboratorio de normalidad política.
Aquí ocurre algo peculiar.
Personas que discrepan en economía.
Personas que discrepan en seguridad.
Personas que discrepan en política
internacional.
Personas que discrepan en
prácticamente todo.
Terminan coincidiendo en una sola
cosa.
Evitar el retorno del fujimorismo al
poder.
Y así nace una extraña criatura
política.
Una coalición negativa.
No construida por amor al candidato
rival.
Construida por rechazo al candidato
que encarna el otro lado.
El dinero que no compra simpatía
Durante años se repitió
una idea casi religiosa.
Que una mejor
organización, una campaña más profesional o mayores recursos económicos
terminarían resolviendo el problema.
Pero la política tiene
límites que el dinero no puede cruzar.
La publicidad compra
visibilidad.
No compra cariño.
Los asesores compran
estrategia.
No compran confianza.
Los recursos compran
presencia.
No compran legitimidad.
Y cuando una candidatura
carga con años de emociones acumuladas, el dinero empieza a parecer una llave
intentando abrir una puerta que en realidad está bloqueada desde adentro.
La camiseta que nunca fue lavada
Quizá el mayor problema
estratégico del keikismo fue asumir que el tiempo resolvería por sí solo
aquello que nunca se decidió enfrentar.
Porque si el principal
obstáculo electoral era el rechazo que generaba una identidad política
determinada, la pregunta inevitable era:
¿Qué se hizo para
reducirlo?
La respuesta parece
incómoda.
Muy poco.
O, al menos, muy poco que
resultara creíble para quienes ya habían tomado una posición.
Se cambió de discurso.
Se cambiaron voceros.
Se cambiaron slogans.
Pero para una parte
importante del electorado, la camiseta seguía siendo la misma.
Y el problema de una
camiseta que genera rechazo no se resuelve únicamente cambiando el número del
dorsal.
La cuarta profecía
Los defensores del keikismo siempre
sostuvieron que la siguiente elección sería diferente.
Los detractores respondían exactamente
lo mismo.
Y así transcurrieron los años.
La diferencia es que unos veían una
oportunidad.
Los otros veían un patrón.
La famosa “profecía” no consistía en la
derrota de un candidato específico.
Consistía en algo mucho más profundo.
La incapacidad de derrotar a un
fenómeno político que se reorganizaba una y otra vez.
El último espejo
Quizá la enseñanza más dura de esta
historia sea que los movimientos políticos no suelen ser derrotados por sus
enemigos.
Con frecuencia son derrotados por aquello
que se niegan a reconocer sobre sí mismos.
El keikismo pasó años observando a sus
rivales.
Tal vez debió observar con mayor atención
el reflejo que devolvía el espejo.
Porque mientras los candidatos iban
cambiando, mientras los partidos aparecían y desaparecían, mientras los
discursos se reciclaban cada cinco años, una pregunta permanecía inmóvil.
La misma.
Siempre la misma.
¿Es más grande el keikismo?
¿O es más grande el anti-keikismo?
Y quizás allí estuvo la verdadera
elección durante todo este tiempo.
No entre dos candidatos.
Sino entre una identidad política y el
rechazo que esa misma identidad fue incapaz de desactivar.
Susana Higuchi: la grieta dentro
del castillo
Todo
movimiento político construye sus propios mitos fundacionales.
El
fujimorismo tiene los suyos.
El
antifujimorismo también.
Y
resulta imposible recorrer esa historia sin detenerse en una figura singular:
Susana Higuchi.
No
porque haya inventado el antifujimorismo.
No
porque haya fundado un partido.
No
porque dirigiera una organización política.
Su
importancia es otra.
Fue
una de las primeras voces que cuestionó al régimen desde el lugar más incómodo
posible.
Desde
adentro.
Mientras
los partidarios veían fortaleza, ella describía fracturas.
Mientras
los simpatizantes observaban disciplina, ella denunciaba conflictos.
Mientras
los defensores del proyecto celebraban resultados, ella advertía sobre costos
que otros preferían ignorar.
Por
eso su papel posee una fuerza simbólica extraordinaria.
Los
opositores tradicionales podían ser presentados como adversarios políticos.
Los
periodistas críticos podían ser presentados como enemigos ideológicos.
Los
rivales electorales podían ser descalificados como competidores interesados.
Pero
Susana Higuchi era algo distinto.
Era
una grieta apareciendo dentro del propio castillo fujimorista.
Y
pocas cosas generan más inquietud en una fortaleza que una fisura nacida desde
sus propios muros.
Quizá
por eso su figura sigue proyectando una sombra peculiar sobre la historia
política peruana.
Si
el antifujimorismo tuviera que elegir una patrona simbólica de sus orígenes,
probablemente encontraría en ella una candidata inevitable.
No
porque fuera la primera antifujimorista.
La
oposición ya existía.
Las
críticas ya existían.
Los
adversarios ya existían.
Pero
ella representó algo diferente.
Representó
la aparición de la duda dentro del núcleo familiar que encarnaba el poder.
Y
cuando la duda logra entrar a una casa, ya no necesita pedir permiso para
quedarse.
Desde
entonces, el fujimorismo ha enfrentado muchas derrotas, muchas victorias
parciales y muchas resurrecciones políticas.
Pero
aquella grieta inicial nunca terminó de desaparecer.
Quizá
porque algunas fracturas históricas no se heredan solamente en los partidos.
También
se heredan en la memoria.
Napoleon
Bonaparte: “Nunca interrumpas a tu oponente cuando está cometiendo un error”
La
frase, aunque también tendría que ver con “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu, ha
sido recurrente en las cuatro veces en que se vio el Keikismo… dejando que los
demás partidos aplicaran dicha máxima inconscientemente, clarísimamente está… ni
el mismo grupo naranja supo advertir éstos escenarios, en cada una de sus
participaciones. Resaltando que, en esta cuarta y esperemos última ocasión, los
errores fueron en mayor cantidad, ya me imagino ese nombre pasear por todo el
mundo, pero esta vez como un caso de estudio singular en las universidades,
centros de estudio y/o especialistas del caso.
No
fue necesario que sus adversarios interrumpieran al Keikismo cada vez que
terminaban un harakiri para pasar al siguiente, curiosamente dicha palabra es
de origen japonés, como la familia.
La implosión naranja, casi sola… es
inevitable, inminente… y más estruendosa por cuarta vez
Ni el hermano, ni el esposo, incluso ni casi
la totalidad de partidos políticos apoyaron al Keikismo. Probablemente por última
vez, tengan el mismo futuro de partidos que empiezan a desaparecer… veremos a
sus sobrevivientes camuflados, infiltrados, renaciendo insistentemente,
descoloridos (o estrenando nuevos colores), pero rehusando dejar el escenario en
el que al Perú han causado y siguen causando tanto daño.
Un escenario circular, terriblemente desastroso,
de sólo un grupo de personas, dirigidas por quien intentaba, intentaba,
intentaba e intentaba con el Keikismo…
¿¿¿Ya se escuchó por ahí fraude???, por
cuarta vez???...
¿¿¿¡¡¡El único ganador!!!???…
Si se cumple la regla… Jorge Nieto lo
sería, es obvio que el país no… ja ja ja (no, los ganadores no serían los sombreros
ni sus opositores cítrico coloridos). Nieto, solo por mantener una prudencia
antes que impulsividad, lenguaje técnico más que emocional, o la capacidad de
análisis institucional que suele tener y que casi el total ya ni lo piensa. No
sólo le habría ayudado la tendencia a observar procesos largos en lugar de
coyunturas inmediatas, sino algo más importante… la escasa vocación por el
espectáculo político.
Entonces, resulta comprensible su no
apoyo a ningún partido… (esta inacción resultaría clave para el futuro).
Por eso muchas veces se le percibe como
una especie de "viejo zorro republicano", aunque quizá sería más
preciso llamarlo un observador estratégico. No suele entrar al barro electoral
con la intensidad de otros actores.
Mientras unos se apresuraron a tomar
partido, otros eligieron observar. Jorge Nieto pareció entender algo que muchos
pasaron por alto: que el fenómeno del antikeikismo era tan poderoso que
terminaría absorbiendo a sus propios promotores. Su cautela no necesariamente
revelaba neutralidad, sino una lectura distinta del tablero. En política, a
veces quien habla menos no es quien sabe menos, sino quien comprende que el
tiempo hará el trabajo por él y el tiempo en el Perú… lamentablemente siempre
es circular.
Si el proyecto vencedor fracasa, podrá
decir "lo advertí". Si tiene éxito, tampoco habrá quedado asociado a
sus errores. Es la posición del observador estratégico: renuncia al aplauso
inmediato para preservar credibilidad futura.
En un país donde la política suele
premiar la estridencia, Nieto representa una figura menos frecuente: la del
analista que apuesta por sobrevivir a los acontecimientos antes que por
protagonizarlos.
El riesgo de esa postura es que también
puede interpretarse como exceso de cautela. El político que siempre espera a
tener razón corre el riesgo de nunca influir realmente en los acontecimientos.
Es la diferencia entre el profeta y el conductor: el primero puede acertar en
sus diagnósticos; el segundo debe tomar decisiones, aunque se equivoque.
Me animo a mencionar esta característica…
"El hombre que prefirió preservar su capacidad de diagnóstico antes que
sacrificarla en una batalla que consideraba perdida de antemano."
No soy partidario de los clubes privados
de este país, pero, si sale elegido presidente, en breve (pues proyectan que no
dure mucho el siguiente), creo que ya podríamos saber, que la profecía de Don
César Hildebrandt (por Cuarta vez para el Keikismo), también habría traído consigo,
una que llegaba inadvertida, la de Jorge Nieto Montesinos.
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