domingo, 7 de junio de 2026

Keikismo vs. Anti-keikismo: la batalla que devoró a los candidatos

 

Keikismo vs. Anti-keikismo: la batalla que devoró a los candidatos

En teoría, las elecciones sirven para elegir entre proyectos de país.

En la práctica, algunas elecciones terminan convertidas en otra cosa: un referéndum emocional, un ajuste de cuentas histórico o una batalla simbólica donde los candidatos dejan de ser protagonistas para transformarse en simples vehículos de una disputa mayor.

La segunda vuelta presidencial peruana de 2026 parece encajar perfectamente en esta descripción.

Porque, observándola con detenimiento, la pregunta central ya no parece ser quién es mejor candidato. Tampoco quién presentó mejores propuestas. Ni siquiera quién tuvo el mejor desempeño en el debate.

La verdadera pregunta es otra:

¿Es el keikismo más fuerte que el anti-keikismo?

Y esa sola pregunta explica buena parte de la historia política peruana de los últimos quince años.

La paradoja de Keiko

Pocas figuras políticas en el Perú han sido tan exitosas y tan derrotadas al mismo tiempo.

Llegar una vez a una segunda vuelta presidencial puede ser una casualidad.

Llegar dos veces demuestra capacidad política.

Llegar tres veces confirma una maquinaria electoral poderosa.

Llegar cuatro veces es una demostración de resistencia extraordinaria.

Sin embargo, existe una paradoja brutal.

Mientras más veces logró acercarse al poder, más evidente se hizo la existencia de una barrera que nunca consiguió derribar.

Una frontera invisible.

Un techo.

Un muro electoral.

El anti-keikismo.

El adversario que nunca estuvo al frente

Durante años se cometió un error de análisis.

Se creyó que los rivales de Keiko Fujimori eran los candidatos que aparecían en la otra casilla de la cédula electoral.

No era cierto.

Su verdadero adversario nunca fue Pedro Pablo Kuczynski.

Nunca fue Pedro Castillo.

Nunca fue Ollanta Humala.

Nunca fue Roberto Sánchez.

El verdadero adversario siempre fue el mismo.

El anti-keikismo.

Los candidatos cambiaban.

El fenómeno permanecía.

Como una sombra que aparecía elección tras elección.

La coalición negativa

En condiciones normales, los partidos políticos construyen alianzas alrededor de ideas compartidas.

Pero el Perú no es precisamente un laboratorio de normalidad política.

Aquí ocurre algo peculiar.

Personas que discrepan en economía.

Personas que discrepan en seguridad.

Personas que discrepan en política internacional.

Personas que discrepan en prácticamente todo.

Terminan coincidiendo en una sola cosa.

Evitar el retorno del fujimorismo al poder.

Y así nace una extraña criatura política.

Una coalición negativa.

No construida por amor al candidato rival.

Construida por rechazo al candidato que encarna el otro lado.

El dinero que no compra simpatía

Durante años se repitió una idea casi religiosa.

Que una mejor organización, una campaña más profesional o mayores recursos económicos terminarían resolviendo el problema.

Pero la política tiene límites que el dinero no puede cruzar.

La publicidad compra visibilidad.

No compra cariño.

Los asesores compran estrategia.

No compran confianza.

Los recursos compran presencia.

No compran legitimidad.

Y cuando una candidatura carga con años de emociones acumuladas, el dinero empieza a parecer una llave intentando abrir una puerta que en realidad está bloqueada desde adentro.

La camiseta que nunca fue lavada

Quizá el mayor problema estratégico del keikismo fue asumir que el tiempo resolvería por sí solo aquello que nunca se decidió enfrentar.

Porque si el principal obstáculo electoral era el rechazo que generaba una identidad política determinada, la pregunta inevitable era:

¿Qué se hizo para reducirlo?

La respuesta parece incómoda.

Muy poco.

O, al menos, muy poco que resultara creíble para quienes ya habían tomado una posición.

Se cambió de discurso.

Se cambiaron voceros.

Se cambiaron slogans.

Pero para una parte importante del electorado, la camiseta seguía siendo la misma.

Y el problema de una camiseta que genera rechazo no se resuelve únicamente cambiando el número del dorsal.

La cuarta profecía

Los defensores del keikismo siempre sostuvieron que la siguiente elección sería diferente.

Los detractores respondían exactamente lo mismo.

Y así transcurrieron los años.

La diferencia es que unos veían una oportunidad.

Los otros veían un patrón.

La famosa “profecía” no consistía en la derrota de un candidato específico.

Consistía en algo mucho más profundo.

La incapacidad de derrotar a un fenómeno político que se reorganizaba una y otra vez.

El último espejo

Quizá la enseñanza más dura de esta historia sea que los movimientos políticos no suelen ser derrotados por sus enemigos.

Con frecuencia son derrotados por aquello que se niegan a reconocer sobre sí mismos.

El keikismo pasó años observando a sus rivales.

Tal vez debió observar con mayor atención el reflejo que devolvía el espejo.

Porque mientras los candidatos iban cambiando, mientras los partidos aparecían y desaparecían, mientras los discursos se reciclaban cada cinco años, una pregunta permanecía inmóvil.

La misma.

Siempre la misma.

¿Es más grande el keikismo?

¿O es más grande el anti-keikismo?

Y quizás allí estuvo la verdadera elección durante todo este tiempo.

No entre dos candidatos.

Sino entre una identidad política y el rechazo que esa misma identidad fue incapaz de desactivar.

Susana Higuchi: la grieta dentro del castillo

Todo movimiento político construye sus propios mitos fundacionales.

El fujimorismo tiene los suyos.

El antifujimorismo también.

Y resulta imposible recorrer esa historia sin detenerse en una figura singular: Susana Higuchi.

No porque haya inventado el antifujimorismo.

No porque haya fundado un partido.

No porque dirigiera una organización política.

Su importancia es otra.

Fue una de las primeras voces que cuestionó al régimen desde el lugar más incómodo posible.

Desde adentro.

Mientras los partidarios veían fortaleza, ella describía fracturas.

Mientras los simpatizantes observaban disciplina, ella denunciaba conflictos.

Mientras los defensores del proyecto celebraban resultados, ella advertía sobre costos que otros preferían ignorar.

Por eso su papel posee una fuerza simbólica extraordinaria.

Los opositores tradicionales podían ser presentados como adversarios políticos.

Los periodistas críticos podían ser presentados como enemigos ideológicos.

Los rivales electorales podían ser descalificados como competidores interesados.

Pero Susana Higuchi era algo distinto.

Era una grieta apareciendo dentro del propio castillo fujimorista.

Y pocas cosas generan más inquietud en una fortaleza que una fisura nacida desde sus propios muros.

Quizá por eso su figura sigue proyectando una sombra peculiar sobre la historia política peruana.

Si el antifujimorismo tuviera que elegir una patrona simbólica de sus orígenes, probablemente encontraría en ella una candidata inevitable.

No porque fuera la primera antifujimorista.

La oposición ya existía.

Las críticas ya existían.

Los adversarios ya existían.

Pero ella representó algo diferente.

Representó la aparición de la duda dentro del núcleo familiar que encarnaba el poder.

Y cuando la duda logra entrar a una casa, ya no necesita pedir permiso para quedarse.

Desde entonces, el fujimorismo ha enfrentado muchas derrotas, muchas victorias parciales y muchas resurrecciones políticas.

Pero aquella grieta inicial nunca terminó de desaparecer.

Quizá porque algunas fracturas históricas no se heredan solamente en los partidos.

También se heredan en la memoria.

Napoleon Bonaparte: “Nunca interrumpas a tu oponente cuando está cometiendo un error”

La frase, aunque también tendría que ver con “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu, ha sido recurrente en las cuatro veces en que se vio el Keikismo… dejando que los demás partidos aplicaran dicha máxima inconscientemente, clarísimamente está… ni el mismo grupo naranja supo advertir éstos escenarios, en cada una de sus participaciones. Resaltando que, en esta cuarta y esperemos última ocasión, los errores fueron en mayor cantidad, ya me imagino ese nombre pasear por todo el mundo, pero esta vez como un caso de estudio singular en las universidades, centros de estudio y/o especialistas del caso.

No fue necesario que sus adversarios interrumpieran al Keikismo cada vez que terminaban un harakiri para pasar al siguiente, curiosamente dicha palabra es de origen japonés, como la familia.

La implosión naranja, casi sola… es inevitable, inminente… y más estruendosa por cuarta vez

Ni el hermano, ni el esposo, incluso ni casi la totalidad de partidos políticos apoyaron al Keikismo. Probablemente por última vez, tengan el mismo futuro de partidos que empiezan a desaparecer… veremos a sus sobrevivientes camuflados, infiltrados, renaciendo insistentemente, descoloridos (o estrenando nuevos colores), pero rehusando dejar el escenario en el que al Perú han causado y siguen causando tanto daño.

Un escenario circular, terriblemente desastroso, de sólo un grupo de personas, dirigidas por quien intentaba, intentaba, intentaba e intentaba con el Keikismo…

¿¿¿Ya se escuchó por ahí fraude???, por cuarta vez???...

¿¿¿¡¡¡El único ganador!!!???…

Si se cumple la regla… Jorge Nieto lo sería, es obvio que el país no… ja ja ja (no, los ganadores no serían los sombreros ni sus opositores cítrico coloridos). Nieto, solo por mantener una prudencia antes que impulsividad, lenguaje técnico más que emocional, o la capacidad de análisis institucional que suele tener y que casi el total ya ni lo piensa. No sólo le habría ayudado la tendencia a observar procesos largos en lugar de coyunturas inmediatas, sino algo más importante… la escasa vocación por el espectáculo político.

Entonces, resulta comprensible su no apoyo a ningún partido… (esta inacción resultaría clave para el futuro).

Por eso muchas veces se le percibe como una especie de "viejo zorro republicano", aunque quizá sería más preciso llamarlo un observador estratégico. No suele entrar al barro electoral con la intensidad de otros actores.

Mientras unos se apresuraron a tomar partido, otros eligieron observar. Jorge Nieto pareció entender algo que muchos pasaron por alto: que el fenómeno del antikeikismo era tan poderoso que terminaría absorbiendo a sus propios promotores. Su cautela no necesariamente revelaba neutralidad, sino una lectura distinta del tablero. En política, a veces quien habla menos no es quien sabe menos, sino quien comprende que el tiempo hará el trabajo por él y el tiempo en el Perú… lamentablemente siempre es circular.

Si el proyecto vencedor fracasa, podrá decir "lo advertí". Si tiene éxito, tampoco habrá quedado asociado a sus errores. Es la posición del observador estratégico: renuncia al aplauso inmediato para preservar credibilidad futura.

En un país donde la política suele premiar la estridencia, Nieto representa una figura menos frecuente: la del analista que apuesta por sobrevivir a los acontecimientos antes que por protagonizarlos.

El riesgo de esa postura es que también puede interpretarse como exceso de cautela. El político que siempre espera a tener razón corre el riesgo de nunca influir realmente en los acontecimientos. Es la diferencia entre el profeta y el conductor: el primero puede acertar en sus diagnósticos; el segundo debe tomar decisiones, aunque se equivoque.

Me animo a mencionar esta característica… "El hombre que prefirió preservar su capacidad de diagnóstico antes que sacrificarla en una batalla que consideraba perdida de antemano."

No soy partidario de los clubes privados de este país, pero, si sale elegido presidente, en breve (pues proyectan que no dure mucho el siguiente), creo que ya podríamos saber, que la profecía de Don César Hildebrandt (por Cuarta vez para el Keikismo), también habría traído consigo, una que llegaba inadvertida, la de Jorge Nieto Montesinos.

 

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lunes, 15 de agosto de 2016

A veces los deseos llegan con cierto dolor



Llegó el día en que se cumplía su deseo, ahora aprendía a escribir con la derecha ya que fue zurdo toda su vida.